Me he preguntado muchas veces por qué en esta época parece que ni los creyentes se dejan consolar por Dios.
Al intentar hablar al corazón del pueblo creyente de hoy nos chocamos con que el pueblo está distraído, sordo, adormecido, confundido, débil, embotado, encandilado. Distraído por las preocupaciones de la vida, las económicas, la búsqueda de popularidad, las ambiciones de tener y poder comprar... Sordo, porque vive envuelto en música estridente, y le asusta el silencio... Adormecido, porque no duerme, porque no descansa, porque no repone sus fuerzas, porque sólo se divierte pero no se recrea... Confundido porque no ve clara la verdad, porque se cree cualquier cosa que le dicen, porque no tiene juicio crítico, pero sí un gran apego a criticonear todo, a mostrarse disidente con todo lo que tenga autoridad real, casi por deporte... Débil, porque al no afirmarse en la verdad, sino en lo que es popular, lo que dice la mayoría o el más prepotente, o lo que la internet o la televisión dice, no sabe luchar, no sabe aguantar, no sabe soportar nada porque no tiene convicciones propias, no tiene convencimientos basados en la verdad y el bien... Embotado porque tiene tantas imágenes, tantas sensaciones, tantos estímulos visuales, sensoriales, emocionales, y llega a confundir esas sensaciones con los verdaderos actos de fe... Encandilado, porque se traga tantas luces falsas que no ve la luz verdadera...
Es tan difícil hablar hoy al corazón del pueblo...
¿Cómo quieres, Señor, que consuele a tu Pueblo hoy? Si quiero hablar al pueblo en general, no alcanza el tiempo que conceden. Si quiero hablar con cada uno, ¿cuánto tiempo me dará? No puedo solo, y es gracia tuya concederle al pueblo el deseo de estar contigo, de escucharte y de creerte. Haz que te busque, Dios bueno, porque te necesitamos y sin ti no podríamos buscarte y menos encontrarte.