La afirmación de Juan es taxativa: el que viene bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Siendo que "bautizar" significa "sumergir", esas palabras del bautista quieren decir que habrá un sumergimiento en el Espíritu Santo y en el fuego, y quien es sumergido en el fuego es quemado, y sólo lo que resista al fuego quedará, lo demás se quemará. Por lo tanto habla de una purificación real. Y el sumergimiento en el Espíritu Santo tiene la misma connotación, porque no puede tener parte lo corruptible con la incorruptibilidad de Dios, por lo tanto, el que "entre" en Dios será también purificado. Porque tendrá que "adaptarse", "convertirse" dice la Palabra, reformarse, modificarse, quemando lo que debe morir. A eso le llamaban "mortificación", una palabra que ya no se usa, porque se la negativizó demasiado.
Hoy se habla demasiado fácilmente de matar, de eliminar, de hacer que el otro deje de existir, de estar, de ser. Pero el verdadero bautizado debería más preocuparse por hacer que deje de existir su egoísmo, sus manías, sus complejos, sus malos hábitos, sus pecados. Porque si mortifica eso, impulsado por la gracia del Espíritu de Dios, tendrá un corazón libre para escuchar. Llegará a pensar como Dios piensa, a desear lo que Dios desea, a amar como Dios ama.